Crónica 603

Epígrafe
Dando rienda suelta al beneficio de la duda, tal vez debamos admitir algunos disparates si queremos la paz. No me preocupa gran cosa la justicia transicional, tampoco que se otorguen algunas curules a los bandidos, como fue concebida la tertulia, sin ceder en estos puntos es difícil lograr acuerdos; pero ambos deberían tener reglas claras y finitas. Me parece  inadmisible que se acepten sin concretar la entrega de las armas, el cuento de la dejación es monumental esperpento que nos dejaría todo el tiempo en el filo de la navaja, su verificación  sería imposible por no saber donde las ocultan, jamás revelarán la ubicación de sus caletas. 

Hay otras líneas rojas que al cruzarlas espantaría a muchos para refrendar los acuerdos, por ello se buscan fórmulas ‘expeditas’ como lo menciona De la Calle, para hacerlo a espaldas del pueblo, llámense congresito u otro mamarracho por el estilo. Se necesita que nos expliquen el funcionamiento acordado de las Zonas de Reserva Campesina, cuyo ensayo en el Catatumbo ha sido desastroso; la Circunscripciones Electorales Especiales, que con la amenaza de las armas de las Farc podrán manipular a sus anchas para elegirse sin tropiezo y alcanzar a corto plazo el poder que buscan en La Habana; el fin de los cultivos ilícitos que ayudaría a desmontar el mayor cartel del narcotráfico del mundo; la desaparición de la minería ilegal y protección del medio ambiente en la que las Farc son expertos como lo han demostrado con la voladura de oleoductos, contaminación de fuentes hídricas y  destrucción de selvas milenarias; y, para no alargar el chico, como se manipulará la Reforma Agraria Integral con su sabia participación. Todo un galimatías.

Pasando a otro tema, una cosa es la prudencia y otra, ingenuidad, debilidad o pendejada. Haber elegido primero a Unasur para analizar el conflicto en la frontera a sabiendas de que Maduro la domina no solo fue candidez, fue una pérdida de tiempo precioso que le permitió al sátrapa vecino preparar la humillación en la OEA y debilitar la posible intervención de la ONU, donde además, contamos con mamerta embajadora. La Canciller, en lugar de estar distraída en una visita tardía a la frontera y compartiendo mojitos con ‘Iván Márquez’ en La Habana, debería haber hecho su oficio: buscar los votos necesarios para que fuéramos escuchados en lugar de encaminarnos a ese oso tan peludo. Ahora cerraron Paraguachón en la Guajira y seguirán con Arauca, para que no quepa dudada de que es Maduro, lucido garante de la tertulia que supervisa su jefe don Fidel, quien tiene la sartén por el mango. De Unasur ya deberíamos estar fuera y la OEA ratifica que es un organismo inútil, si en ella no es posible exponer un simple punto de vista cuando no se estaba pensando pedir sanciones.

  El país democrático enfrenta su enfermedad terminal. Debe prepararse para el postconflicto acompañado de la crisis a que nos está llevado la baja de los precios del petróleo y la imprevisión promovida por la urgencia de mermelada para obtener respaldos oscuros que no hay necesidad de precisar, los entiende un alumno de primero elemental. Se agrava con la deserción de inversionistas extranjeros que ven desde la óptica lógica que la incertidumbre no les brinda garantías, que la reforma tributaria fue confiscatoria, que por inanición será imposible cumplir los compromisos que se negocian en La Habana.

El rincón de Dios
“Tener un lugar a donde ir, se llama hogar. Tener personas a quienes amar, se llama familia. Tener ambas, se llama bendición.” Papa Francisco

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