domingo, 6 de marzo de 2016

Crónica 625

Mi gran amigo José Alvear Sanín me ha salvado esta semana que, ocupado consintiendo nietas y bisnietas, estoy distraído en otras tierras. 

No me he alejado de los avatares de nuestra patria, de los dislates del gobierno con sus nuevos protocolos impidiendo a la prensa acceso a la pedagogía de la paz que, terroristas armados hacen en otros lugares de Colombia, similares a los del ya famoso conejo del Conejo.

Sin dar más vueltas, transcribo completo su artículo magistral, que cae como anillo al dedo.

Topos

José Alvear Sanín
Ha llamado mi atención un documental de la Deutsche Welle sobre la vida que discurre bajo la superficie. Los topos, por ejemplo, incansables y casi ciegos, socavan la tierra con sus túneles. Detrás de esa permanente oscuridad el topo (heterotocepahulus glaber), con su labor interminable, arruina el campo, que se vuelve frágil, poroso, colapsible.

Quizá por eso el topo es uno de los personajes fundamentales en los procesos revolucionarios. Sirve eficazmente para minar instituciones, servicios, funciones, o para comunicar datos convenientes a las labores de desinformación, sabotaje o chantaje…

El topo tiene que ser un instrumento dócil. No se le quiere crítico, deliberante o indisciplinado. Ninguna curiosidad intelectual debe apartarlo de la ideología primitiva y atractiva en que se ha dejado inculturar. Como obediente autómata intelectual, debe permanecer en la comodidad conceptual del fanatismo. Para aleccionarlo hubo hasta una revista, El viejo topo, que apareció entre 1976 y 1982 y reapareció en 1993, para suministrar respuestas fáciles e inapelables a interrogantes complejos para esas mentes amaestradas. 

El topo, en consecuencia, sigue ciegamente las órdenes de los perversos ideólogos embozados que dirigen la operación revolucionaria. 

Ahora bien, en toda agencia de espionaje se vive bajo una fatalidad, la del del topo, el infiltrado en la propia red, que logra progresar dentro del servicio hasta ocupar un cargo de peso y responsabilidad. La traición se interioriza hasta el fuero más íntimo de esos topos situados en posiciones donde pueden hacer daño inmenso al enemigo, como podemos verlo en las novelas de John le Carré.

No vamos a ocuparnos del señor presidente. No sabemos si es el paciente topo que supo labrarse un largo túnel hasta la posición suprema, que le permite abrir de par en par las puertas del poder a los enemigos de su clase, de la democracia y del país. A sus órdenes hay ciertos personajes que ya no pueden ocultar su condición. En algún momento han salido a la superficie para ocupar cargos de vital importancia en los que, día y noche, asestan golpes matreros a las instituciones, o entregan los bastiones al enemigo. Individuos como Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo y Eduardo Montealegre, hace tiempo que dejaron de ser operadores desde las tinieblas para convertirse en vitandos colaboradores de la subversión, a la que le preparan la más repugnante y falaz autopista “jurídica”.

El proceso revolucionario, que jamás es espontáneo, aleatorio ni acéfalo, requiere también topos judiciales, mediáticos, y lo que es peor, eclesiásticos, como este cura que desde El Tiempo nos fulmina con sermones equívocos, mendaces y melifluos, tergiversando siempre los pasajes evangélicos que trae a cuento.

Cuando me disponía a escribir se me vino a la memoria una conversación con el doctor López Michelsen. Alguna vez le pregunté cómo hacía para no dejarse engañar en la lucha política. Me respondió que, quien a los 16 años ha leído ya las historias consagradas a la Revolución y el Imperio por Thiers y Lamartine, está preparado para anticipar toda traición…

Sin embargo, algo más se requiere para moverse exitosamente en la política, quizás ese extraño olfato que a mí no me dieron, a igual edad, las mismas lecturas del doctor López. 

No obstante, más de una vez repaso esos incomparables relatos. Acabo de detenerme en el papel protagónico que juega la traición, y he contemplado la figura lamentable del duque de Orléans, primo de Luis xvi, que convertido en Philippe Egalité, vota la muerte del rey, retratado así por Lamartine:

“El duque de Orléans aficionose a la libertad en la vida de Londres, e introdujo en Francia los hábitos de insolencia contra la corte, el deseo de agitaciones populares, el desprecio de su propio rango (…) La revolución avanzaba y él la esperaba ocioso, como si no fuera otra cosa que una favorita más”.

Lo que no sabemos es si la revolución colombiana tendrá mayor gratitud con el doctor Santos que la francesa con el duque, guillotinado cuando dejó de ser útil.

***
Cuando el gobierno autoriza la celebración de reuniones pedagógico-militares de las Farc, advirtiendo que “no debe haber ningún tipo de divulgación, ni presencia de medios de comunicación regional, nacional e internacional”, hay, como mínimo, complicidad y encubrimiento.

El Rincón de Dios


“Dios es la razón por la cual aún en el dolor, sonrío; en la confusión entiendo; en la traición confío; y en el temor sigo luchando.”

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