miércoles, 4 de febrero de 2015

Crónica 576

Columnista Invitado
He invitado a mi amigo José Alvear, él refleja en su columna los temores que surgen de la incertidumbre sobre las conversaciones en La Habana.
¡Cuidado, Santidad, cuidado!
José Alvear Sanín 
A pesar de los raudales de mermelada para lograr la unanimidad mediática a favor de la paz con las Farc, los colombianos siguen en desacuerdo con las maquinaciones para que el poder sea compartido entre el Jockey Club y el Secretariado, de tal manera que los primeros conserven la Alta Finanza y las haciendas sabaneras, y los segundos se queden con el campo (sometido a su propia “gendarmería” bien armada), impunidad total, los frutos del narcotráfico, amplia representación en el Congreso, medios de comunicación propios, reescritura oficial de la historia, etc. 
La toma del poder total no será, desde luego, inmediata. Si no llega en el 2018, ocurrirá en el 2022, cuando un progresista y leal compañero de ruta llegue al solio para aplicarnos las fórmulas del castro-chavismo y la administración del doctor Maduro. 
Desde el principio, el gobierno prometió consultar la opinión del pueblo colombiano mediante referendo o plebiscito. Pero como esa refrendación exige, además de respuesta mayoritaria y afirmativa a una pregunta habilidosa, la superación de un umbral elevado, han empezado a considerarse fórmulas para no someter esa entrega al electorado; o para cambiar la refrendación popular por algo parecido a la tramposa séptima papeleta, que permitió la reunión de la Constituyente de 1991. 
Hace cosa de dos meses empezaron a filtrarse indicios de la maniobra mas indigna, inicua e ignominiosa, consistente en invitar al papa Francisco a entonar el Te Deum en Bogotá para celebrar la paz de Santos y Timochenko. De obtenerse esa bendición, el éxito de la refrendación plebiscitaria sería inevitable, y el estado de derecho, condenado a la desaparición. 
Desde luego, rechacé esa horrorosa visión, pero ahora comienzo a verla como la trampa en que puede caer el pontífice, mal aconsejado por una Conferencia Episcopal confusa y vacilante y por fementidos consejeros como Giraldo y De Roux, porque él acaba de manifestar su disposición a venir a Colombia una vez firmada la “paz”. 
Si yo supiera escribirle al papa Bergoglio le diría, como católico practicante, que la pax Christi es absolutamente incompatible con la del marxismo-leninismo, que nuestra moral se opone a la ética revolucionaria que legitima todas las violencias para la toma del poder, que el fin no justifica los medios, que la doctrina social pontificia no puede cambiarse por la dictadura del proletariado, que el reconocimiento de la dignidad de la persona humana se promueve más eficazmente dentro del estado de derecho que en el estado totalitario. 
En realidad, yo no le diría al papa cosa distinta de lo que él y yo, que somos contemporáneos, aprendimos de los jesuitas de nuestra juventud, porque existe una gran distancia entre la Compañía de Jesús y la Compañía de Arrupe, que arruinó la anterior. 
Y para terminar le recordaría, con respeto filial, la triste suerte de la Iglesia cubana a partir del momento en el que Castro llegó a La Habana con la Virgen de la Caridad del Cobre al cuello, antes de que Timochenko llegue a Bogotá con la imagen de la Virgen de Chiquinquirá. 
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La cita sobre la praxis leninista del totalitarismo, en mi artículo anterior, como se señaló en su correspondiente link, procede del análisis del personaje de T. Romanescu. Valga la precisión. 
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Si todo lo del túnel de La Línea estaba mal hecho, ¿por qué en cinco años no se dieron cuenta ni aplicaron oportunos correctivos? 

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