domingo, 26 de julio de 2026

Crónica 1055

La Mojana 

Finalizo mis propuestas sobre el agro; esta vez, dirigidas a los pequeños y medianos agricultores de La Mojana abandonados a su propia suerte. En esta región, cada creciente del río arrasa los cultivos y el gobierno de turno vuelve a prometer una “solución definitiva”; entre tanto, los agricultores no tienen más alternativa que sembrar de nuevo lo que perdieron el año anterior, la inundación se les llevó la cosecha entera.

La hidroponía podría convertirse en una alternativa viable para los pequeños y medianos agricultores de La Mojana. No se trata de importar modelos complejos ni costosos, como los robotizados de China, sino de adaptar esta tecnología a las condiciones locales mediante estructuras elevadas, sistemas cerrados y producción continua cuando el nivel del agua sube.

Si el agua se queda la agricultura debe estar por encima, la hidroponía a uno y medio o dos metros de altura, protegida, con recirculación y energía solar, sin sistemas frágiles o improvisados, pero asequibles, puede ser una solución apropiada.

Mientras la inundación arruina la agricultura tradicional, la hidroponía sigue funcionando porque cuando el suelo se convierte en una esponja las otras plantas permanecen en un lugar optimo y, cuando los cultivos convencionales se pudren, las hortalizas hidropónicas completan su ciclo productivo.

El agua debe gestionarse, y La Mojana tiene demasiada en los periodos invernales como para seguir cultivando como si no la tuviera.

El obstáculo es cultural: la hidroponía exige aceptar que la agricultura ya no depende del suelo, sino del control; que el agricultor debe confiar en sensores en lugar del calendario y, que el Estado, envés de invertir en diques que se rompen empiece a financiar infraestructura que produce en medio del desastre.

La Mojana debería ser el primer territorio en demostrar que la inundación no es una condena sino una condición que puede administrarse y podría convertirse en un laboratorio nacional de agricultura protegida. Dejemos atrás la narrativa de la tragedia adoptando tecnología vigente y probada con éxito en otros países.

Esta propuesta no pretende ser una solución única, es una alternativa dentro de las inmensas posibilidades que ofrece el sector agropecuario cuando innovar deja de ser un mito. 

En territorios como La Mojana, el futuro no depende de una sola tecnología, sino de la capacidad de articular elementos clave: el conocimiento local de los agricultores; la infraestructura adecuada para enfrentar las inundaciones; la sostenibilidad como criterio de producción; la asistencia técnica y financiera; y nuevas formas de cultivar que conviertan las limitaciones en oportunidades de desarrollo rural.

El Rincón de Dios

“El que siembra con lágrimas, cosechará con alegría”. Salmo 126, 5

domingo, 19 de julio de 2026

Crónica 1053

Una oportunidad histórica para Urabá

La entrada en servicio de Puerto Antioquia y la culminación prevista para el próximo año de la vía al mar con las obras del túnel del Toyo, convertirán a Urabá en una plataforma estratégica para fortalecer la seguridad alimentaria y ampliar la exportación de productos agropecuarios.

El banano sigue siendo el pilar productivo de la región, con 32.465 hectáreas cultivadas, el año anterior sus exportaciones alcanzaron 81,9 millones de cajas y la productividad regional creció a un ritmo superior al promedio nacional.

A este liderazgo se suman otros renglones importantes: el plátano ocupa 36.000 hectáreas y sostiene a más de 7.000 familias; la palma aceitera cubre 12.000 hectáreas y las nuevas tecnologías auguran un desarrollo exitoso; el cacao alcanza 10.446 hectáreas; la región cuenta, además, con el mayor cultivo de piña del país, el segundo hato de búfalos y 15.000 hectáreas de arroz con una condición hídrica privilegiada durante todo el año.

El potencial de crecimiento es inmenso. Según el Plan de Ordenamiento Territorial Agropecuario, Urabá cuenta con cerca de 350.000 hectáreas con posibilidades de expansión, aptas para cultivos como maracuyá, limón Tahití, arroz, cúrcuma, jengibre, granadilla, pitahaya y mangostino.

La ganadería es otro eje estructural. Urabá posee el hato bovino mayor de Antioquia con más de 626.000 cabezas distribuidas en 8.200 fincas. Esta base abre espacio para impulsar modelos silvopastoriles, carne certificada y cadenas de lácteos con mayor valor agregado.

A este potencial productivo se suma un factor decisivo, la logística. Urabá es una plataforma exportadora natural: Puerto Antioquia y la conexión vial con el centro del país permitirán que los productos agrícolas lleguen a los mercados internacionales con menores costos y tiempos, una ventaja que pocas regiones agrícolas de la patria reúnen en igual proporción.

El principal desafío está en el ordenamiento institucional. La actualización catastral es clave para organizar el territorio, atraer inversión y garantizar seguridad jurídica a productores y empresas y, de especial importancia, revisar la Ley 70 relacionada con los territorios afro del Chocó y Antioquia para facilitar un desarrollo agropecuario ordenado, sostenible y compatible con las realidades sociales de esas regiones.

Urabá no es solo una región agrícola: es la puerta de entrada para que el país dé el salto hacia una agricultura moderna, exportadora y sostenible. Colombia necesita una despensa estratégica y Urabá ya cuenta con el suelo, el clima, la ubicación, la tecnología y la gente para convertirse en ella.

El Rincón de Dios

“La medida del amor es amar sin medida”. San Agustín

domingo, 12 de julio de 2026

Cronica 1042

La revolución de los minifundios

Continúo con mis propuestas abordando este tema. Con la tecnología actual el minifundio no es una condena a la pobreza, hoy puede ser una unidad productiva y fortalecerlo es la partida para una política social a favor del campesino, en lugar seguir pensando en una reforma agraria demagógica que ofrece redistribuir la tierra sin resolver el problema de hacerla productiva.

El rendimiento no depende de la voluntad del agricultor sino de la altitud, el microclima y la capacidad de adaptar la tecnología a escalas reducidas, cuya combinación, determina una transformación de los minifundios de 1 a 5 hectáreas. Ejemplos pueden verse en Vietnam y la India.

En Urabá, el Bajo Cauca y el Magdalena Medio, los frutales tropicales con una tecnificación ligera serían un multiplicador real utilizando fertirriego, silicio y sensores de humedad, el mango pasaría de 15 a 24 toneladas por hectárea, la papaya de 50 a 80, el maracuyá de 15 a 24, y el limón Tahití de 26 a 40. No son cifras de laboratorio, son resultados con drones de control biológico y estaciones meteorológicas que caben en una mochila, aplicados en varios países.

En granos, el maíz híbrido transgénico, acá satanizado, y el arroz, dejan de ser cultivos de subsistencia cuando se les incorpora tecnología de punta que, con modelos climáticos y fertilización guiada por sensores, el maíz pasa de 7 a 11 toneladas por hectárea y el arroz de 6 a 9. La agricultura moderna puede lograr más de 90 toneladas por hectárea de tomate, 48 de pepino y 55 de pimentón en invernaderos de bajo costo.

Entre los 1.000 y 1.800 metros, el café tecnificado confirma que la tradición puede convivir con la ciencia como sucede en Vietnam; con predicción de plagas y riego automatizado, la productividad sube de 2 a 2.8 toneladas por hectárea; las hortalizas llegan a niveles que antes parecían inalcanzables, 60 tonelada por hectárea de pimentón y 45 de lechuga hidropónica. El aguacate Hass, respaldado por sensores de suelo y modelos climáticos, pasa de 10 a 15 toneladas por hectárea como vemos en algunos cultivos de nuestra patria.

En el altiplano, donde el frío es normal excusa para la baja productividad, la mora bajo cubierta está rompiendo paradigmas, la fresa sube de 30 a 48 toneladas por hectárea, el arándano de 10 a 18, la frambuesa de 12 a 21, las hortalizas y las flores de corte muestran incrementos significativos.

Los minifundios funcionan por ser modulares, eficientes y manejables; con recirculación de agua, sensores y automatización ligera y asistencia técnica integral, logran ahorros del 30 al 60% y aumentos de rendimiento comprobados. La verdadera modernización agrícola está en la precisión que hoy cabe en una hectárea. En esa pequeña escala la pobreza desaparece y con la tecnología actual, un programa social agrario así debe arrancar.

El Rincón de Dios

Fortalecer al pequeño agricultor es una decisión económica, pero también es un deber moral y de justicia social.

sábado, 4 de julio de 2026

Crónica 1041

La Altillanura

He decidido pasar del análisis político a las propuestas, e inicio insistiendo en la importancia estratégica de la Altillanura como región clave para garantizar la seguridad alimentaria, impulsar la exportación a gran escala de productos agropecuarios y promover la venta de bonos de carbono, pero esto debe realizarse en proyectos a gran escala debido a la escasez de infraestructura y, las cuantiosas inversiones necesarias, solo son recuperables a largo plazo. Muchos proyectos han sido aplazados por cuellos de botella jurídicos redactados por burócratas que jamás han tenido en sus manos un azadón ni han sembrado una mata en un jardín. Por ello, traigo como ejemplo La Fazenda, establecida en Puerto Gaitan antes de que los cambios jurídicos limitaran el desarrollo de la región.

Agropecuaria Aliar, La Fazenda, trabaja 50.000 hectáreas cuya producción anual así reportó: carne de cerdo, 98,2 millones de kilos; 880.000 cerdos procesados; 114.206 toneladas de maíz; 50.256 toneladas de soya; 8 millones de litros de leche;1,6 millones de kilos de carne de res; 2.774 toneladas de derivados cárnicos y 276.000 toneladas de alimentos balanceados para consumo de sus animales. 

A ese desempeño se suma un trabajo social destacable, la cooperación de La Fazenda con resguardos indígenas y las comunidades vecinas que no se limita a lo asistencial, se ha realizado una alianza de largo plazo basada en el respeto por el territorio, la transferencia de tecnologia y la integración de las comunidades a la cadena productiva.

De gran importancia es el modelo de trabajo con los resguardos Sikuani, Achagua y Piapoco que ha permitido ampliar los cultivos de maíz y soya, generar ingresos para familias indígenas y fortalecerlas mediante asistencia técnica. La participación de los resguardos demuestra que la agroindustria es una herramienta de inclusión que reconoce el valor del conocimiento ancestral complementandolo con innovación, organización empresarial y acceso a los mercados; algo totalmente opuesto a las actividades de la minga caucana.

También es destacable la labor con los vecinos de la región, dándoosle el apoyo a huertas familiares, proyectos de seguridad alimentaria, contratación de servicios locales y oportunidades para mujeres campesinas. Estas acciones ayudan a dinamizar la economía de Puerto Gaitán y fortalecen la confianza entre empresa, campesinos, comunidades indígenas y otros actores de la zona.

Mas allá de las cifras, la Fazenda muestra que la Altillanura puede desarrollar una enfoque integral, producir gran cantidad de alimentos, cuidar los ecosistemas, generar empleo formal y promover bienestar a las comunidades vecinas. Ese equilibrio entre productividad y responsabilidad social es el modelo que el país debería proteger y multiplicar.

Nota.- La información de actividades de Agropecuaria Aliar fue obtenida de una página Web publicada en Internet bajo su autorización, agradecemos a sus autores. 

El Rincón de Dios

“El Señor dará fuerza a su pueblo; el Señor bendecirá a su pueblo con paz.” Salmo 29, 11.

Crónica 1058

La Milagrosa cuando el corazón está herido Hay momentos en la vida en los que el dolor arruga el corazón, pero  también deja entrar  una luz...