La Milagrosa presente en el adiós
Hay coincidencias que sin buscarlas llegan. En los días más duros, cuando la muerte de un hijo abre un abismo sin nombre, ciertos signos aparecen con una delicadeza que desconcierta. Nada explican ni resuelven, pero sostienen y, a veces, en medio del dolor, ese sostén es lo único que nos permite seguir respirando.
Nuestro hijo murió el catorce de marzo. Su tránsito comenzó en la Clínica Colombia en Bogotá, un lugar que solo después supimos que estaba consagrado a la Virgen de la Medalla Milagrosa; allí, sin preverlo, la vida nos detuvo.
Días más tarde fue trasladado a la clínica de cuidados paliativos de Cedritos donde lo ubicaron en una habitación del quinto piso, justo enfrente de una pequeña capilla y, allí, de nuevo, la Milagrosa estaba presente, silenciosa, constante.
Mi esposa, pensando en aliviar los dolores de la enfermedad de nuestro hijo, había llevado desde Medellín agua bendita. No cualquier agua, nuestra hija Sandra la había traído de París, la ciudad donde nació la devoción de la Milagrosa en 1830, cuando sor Catalina Labouré relató sus visiones. París, Bogotá, Cedritos: un triángulo improbable que se cerraba sin que nadie lo hubiera trazado.
Ya en casa, una vecina llegó a darnos el pésame y trajo un sufragio, en el cual, sin conocer nada de lo vivido, venía una Medalla de la Milagrosa. No para allí la cosa, una señora se le acerca a mi esposa en la misa de Ramos y le obsequia unas estampas, ¿de quién? de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Varias manos, una misma presencia.
El día de su muerte, la santa misa se celebró en honor al Señor de los Milagros de Buga, como si otra devoción profundamente arraigada quisiera abrazar ese instante final ¿la inspiró su hermano desde el cielo? Y, sus exequias, sin planearlo, tuvieron lugar el día de San José patrono de la buena muerte y guardián de las familias. Dos nuevos signos que se sumaron al hilo silencioso que veníamos percibiendo.
No buscamos convertir estos hechos en un mensaje sobrenatural, el duelo no necesita explicaciones, necesita compañía; pero creemos que, en ciertos umbrales, la vida habla en un lenguaje más sutil y, esta vez, decidimos escucharlo.
La repetición de la Milagrosa tampoco la vemos como un milagro, sino como algo más íntimo, un recordatorio de que en la noche más oscura hay señales que acompañan. La fe no borra el dolor, pero lo abraza y, quienes nos rodean, sin saberlo, se vuelven eco de lo que vivimos por dentro.
Nuestro hijo partió rodeado de amor y también rodeado de símbolos que millones han invocado en momentos de fragilidad. No sabemos si eso cambia algo, pero acompañar lo que duele es, quizá, la manera más humana de empezar a vivir con ello.
El Rincón de Dios
“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los de espíritu abatido.” Salmo 34:18
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