La Milagrosa cuando el corazón está herido
Hay momentos en la vida en los que el dolor arruga el corazón, pero también deja entrar una luz, no una que repare ni que devuelva lo perdido; es una luz que acompaña, una presencia que se hace notar cuando el alma ya no tiene fuerzas para pedir nada.
Nuestro hijo mayor murió de cáncer y su partida fue un camino lleno de amor, pero también lleno de fragilidad y, en Bogotá, donde estuvo internado por primera vez, supimos después que la clínica estaba consagrada a la Virgen de la Medalla Milagrosa, ni lo sabíamos, ni lo buscamos, pero allí estaba, como si hubiese llegado antes que nosotros.
Luego fue trasladado a una clínica de cuidados paliativos donde su habitación quedaba frente a una pequeña capilla y, en el centro, una imagen de la Milagrosa, como si la vida insistiera en mostrarnos algo que no entendíamos.
A partir de ese día, comenzaron a aparecer signos: una vecina nos envió un sufragio con una medalla de la Milagrosa, una imagen en un lugar inesperado, una señora con unas estampas que ponía en el lugar donde se encuentran las lecturas del día en la iglesia, obviamente de la Milagrosa y le entregó una a mi esposa; se repetía sin saber por qué. Mi esposa tiene agua bendita de distintos santuarios y al azar escogió cualquiera para llevarla a nuestro hijo y resultó ser del santuario de la Milagrosa que le había traído una de nuestras hijas. La otra hija, celebraba un evento para las Damas Salesianas y le encargó a una amiga que viajaba a Portugal mil medallas de la Virgen de Fatima, las trajo, pero resultaron ser de La Milagrosa. No eran milagros, únicamente señales y, estas, cuando el corazón está herido lo alivian.
La historia de esta devoción nace en 1830, en París, sor Catalina Labouré fu visitada por la Virgen María que le pidió difundir una medalla para recordar que, incluso en la noche más oscura, existe un abrazo que no se ve pero sostiene. La medalla se extendió por el mundo como una protección para quienes atraviesan sufrimientos profundos.
Quizá por eso la Milagrosa aparece con tanta naturalidad en los lugares donde la vida se vuelve frágil: hospitales, habitaciones, manos que tiemblan, familias que esperan.
No pretendo interpretar estos hechos como mensajes sobrenaturales, el duelo no necesita certezas, necesita compañía; pero sí creo que, cuando el alma está abierta por el dolor, puede percibir lo que pasa desapercibido. Y esta vez, lo que vimos fue una presencia maternal que se repetía y era imposible de ignorar.
Nuestro hijo partió rodeado de signos que millones han reconocido como consuelo en tiempos de prueba, no sé si eso cambia el misterio de la muerte, pero sí cambia el modo en que caminamos después de ella, porque cuando la vida habla en silencio, uno aprende a escuchar de otra manera.
Curiosamente, hemos visitado muchos santuarios de la Virgen: Chiquinquirá, Las Lajas, Betania, Fatima, Lourdes, Monserrat, El Lord, El Pilar, Medjugorje, Lujan, Salta, El Rosario, Monte Carmelo, Nazaret y Belen, pero en varias visitas a Paris, nunca fuimos al de la Medalla Milagrosa.
El Rincón de Dios
Hoy nuestro país vive una gran catástrofe, recemos a la Virgen de la Medalla Milagrosa tres Ave Marias por las víctimas que necesitan su consuelo.