La cueva de Alí Babá
El desgobierno anterior convenció a los “progres” de que estaba salvando la patria: cada contrato era por el bien común, cada reforma perseguía la justicia social y cada nombramiento obedecía al “mérito”.
Los discursos galácticos y los aplausos que surgían del transporte y refrigerios pagados —¿con dineros del Estado?— para escucharlos en las plazas públicas, abrieron la cueva que recuerda la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones; solo que aquí, los tesoros eran distintos: los recursos para la salud, las carreteras, la educación y la seguridad.
Cada día se descubren nuevos escándalos del anterior período: contratos misteriosos; comisiones perversas; la compra de conciencias; contratistas desconocidos; funcionarios que no sabían nada; otros a los que se le borraron los mensajes; el que perdió la memoria al comenzar las investigaciones; ¿dónde guardaron las obras de artistas colombianos del Palacio de Nariño?; la brincona con tentáculos en todas partes; el consumo de sustancias raras, y las amiguitas malas.
Algunos entes investigativos y jueces hacían la tarea donde los parientes y amigos cercanos de los innombrables o sus preferidos, eran absueltos o las investigaciones se enredaban o se engavetaban. La corrupción siempre estaba en otra parte, los corruptos eran los otros y la ética solo un discurso.
La cita bíblica “No hay nada oculto bajo el sol” explica la razón para que las cuevas tarde o temprano alguien las descubra y, cuando eso sucede, lo más revelador no eran los tesoros escondidos, sino el esfuerzo por convencer al público de que lo que se veía no existía. Se culpaba a la oposición, a los medios y a los jueces, todo era válido, menos asumir responsabilidades. El síndrome del yo no fui.
Lo preocupante no era que existieran corruptos, seguirán existiendo, lo preocupante era que la sociedad los tolerara o los considerara parte del paisaje.
Se necesitan algo más que investigaciones y condenas. Debe recuperarse la confianza y entender que el manejo de los recursos públicos es una obligación sagrada y no una oportunidad para enriquecerse, porque cuando los guardianes del tesoro terminan comportándose como los cuarenta ladrones, el problema no es la cueva si no de quiénes tenían acceso a la llave para abrirla.
Ahora los entrañables amigos y amigas de exfuncionarios o sus parientes los traicionan y prenden un ventilador implacable, no solo para negociar con la justicia colombiana, sino para evitar que la justicia de los Estados Unidos los incluya en la Lista Clinton o les ponga el uniforme naranja, el mismo con que vistieron a su compinche Nicolas Maduro.
El Rincón de Dios
Conviene recordar la advertencia de san Agustín: “Si se elimina la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?”.